Leos Carax llevaba trece años sin rodar una película y este año se ha sacado de la manga una bofetada al cine tradicional que cumple perfectamente su cometido. Es cuestión de gustos que su retrato implacable del mundo contemporáneo se considere una obra maestra o una tomadura de pelo. Este concepto de película-límite es llamativo, fresco, estimulante y desconcertante, pero su extremismo puede ser peligroso. Holy Motors es una sucesión de historias dementes y, si estamos preparados para aceptar una ruptura de las convenciones narrativas, Carax da en el clavo a la hora de jugar con el tiempo y el espacio y con ocultar y sugerir.
